
La sola idea de aquello que estaba por suceder lo aterraba, no sabía como hacer para salir de esa situación, era inevitable. Si, era imposible escapar a su destino. ¿Cómo sería allí?. había permanecido tanto tiempo viviendo... ¿Cómo sería? ¿Tendría las mismas comodidades de su hogar? Dios, si sólo pudieras escucharme, ¡No quiero estar del otro lado!
Alguien, alguna vez le había comentado como era eso, el mundo al otro lado de esa fría barrera que algún extraño sortílego había dado forma de reja. Yo acá, todavía desesperado, sin saber que hacer... Decidió calmarse un poco, pero fue inútil con insistencia, podía escuchar la voz del juez que dictó la sentencia, sin consultarlo siquiera. Se sentó en la cama, que estaba destendida. Pero, bueno es que en toda la mañana no pude estar tranquilo...
Sentía ese profundo terror que el hombre siente ante lo desconocido, pasó la mano sobre la cama, la sentía tan suya!. Puso su cara entre sus manos e intentó llorar, inútil, no podía descargarse.
Oyó un paso, que retumbó de manera infinita en el pasillo. Luego, dos, mas tarde otros mas. Con cada uno le golpeaba con fuerza el corazón en el pecho. Con cada uno una neurona en su cerebro se apagaba, dejándolo solo.
Los pasos se detuvieron y mecánicamente miró hacia el pasillo. ¿Garibaldi? preguntó una voz.
Él se levantó y, al hacerlo, su cerebro volvió a funcionar por partes, como un árbol de navidad. Ése era su nombre, lo recordaba.
Salieron juntos por el pasillo hasta frenarse ante una pequeña oficina. Espere volvió a hablarle el otro hombre.
Le alcanzaron un paquete "Garibaldi, esteban 5007362A", sus cosas. Cruzó una puerta mas y luego se dio vuelta. Adios cabo Gutierrez. Adiós Garibaldi, está libre. Libre.
Salió afuera y el Sol le dio de lleno en la cara, el ambiente era cálido y se escuchaba el canto de los pájaros y las risas de los niños jugando en una plaza un poco mas allá. Sin embargo él sintió frío, se le helaron las manos. Hacía mucho tiempo que estaba del otro lado de las rejas.